sábado, 11 de abril de 2020

Villana en mi piel

A los quince años tuve una profesora de teatro que afirmaba que el saludo después de la función era parte de la obra.
—Barbilla al cielo; sal al escenario, defiende tu trabajo y aguanta los aplausos –decía-, aguanta los aplausos siempre.

Nunca pensé que esa lección me serviría veinticinco años después.

Faltan diez minutos para que, como cada día, los aplausos lo llenen todo.
Es bonito, halagador; noto punzadas en la garganta  y cómo la emoción me rebosa la mirada. Me siento orgullosa y reconocida en los gestos de apoyo de los vecinos que saben que la guerra contra el virus no para; pero a veces no puedo más. A veces la admiración se me hace bola porque me coloca en un sitio en el que no quiero estar.

 El mundo espera una fortaleza sobrehumana, entrega  desinteresada y voluntad épica. Y yo… Yo flaqueo. Cada mañana tengo que insonorizar la vocecita que me recuerda que no quiero ir a trabajar, que no me quiero arriesgar ni poner en peligro a mi familia. Que no quiero vivir lo que estoy viviendo.

Me llaman heroína y me siento villana en mi piel: porque no quiero semejante título y por no querer quererlo.

Agradezco el cariño, de verdad, pero no puedo dejar de pensar en quién va a recoger los pedazos de los que tenemos los ojos llenos de muerte; porque vamos a salir de esta; pero ya nunca seremos los mismos. Ya no seremos superhombres que se cargan una pandemia a la espalda, sino muñecos de trapo necesitados de amor y protección.

El mundo entero hace planes para cuando todo esto pase; y yo lo único que quiero es no tener que meterme en la ducha para poder llorar.

Cierro el grifo, me pongo la toalla, me visto y abro la ventana de mi habitación.

3, 2, 1… Aguanto los aplausos.

viernes, 8 de marzo de 2019

NO VIDENTE


Hay más oscuridad que luz, como cada día de los últimos nueve años. Abril se sienta frente a la ventana en la última mesa de la cafetería, tiene comprobado que allí el murmullo de los altavoces no entorpece la conversación y que todo vibra más. Siente el sol en su rostro y el cambio de temperatura en la piel, coloca el bastón en la esquina de la pared de ladrillo y se quita la cazadora de cuero, la pone en su respaldo y se recuesta sobre la madera dura que le queda a la altura de las lumbares. Pone las manos encima del mármol frío y se acaricia rítmicamente la mano izquierda con la derecha.
Escucha unos pasos alegres y decididos y saluda a Greta en el momento exacto en el que se detiene a su lado, un instante antes de que ésta se agache y le dé un beso en la mejilla.
–¿Lo de siempre, solete? –pregunta la camarera .
–Sí, por favor. Y como no hay nadie más… Ven a sentarte un poquito conmigo, que tengo que contarte una cosa.
–Claro, vuelvo en dos minutos.

Abril disfruta el abrazo de la claridad y toma aire para llenarse los pulmones del olor tostado del café. También huele a bollos, a chocolate amargo y a vainilla. Apoya los codos en la mesa, se sujeta la barbilla con los dedos de ambas manos y comienza a mover la punta del pie derecho en pequeños círculos contrarios a las agujas del reloj. Sonríe al escuchar cómo se posa el plato de loza en la mesa y le da las gracias a Greta mientras el aroma especiado del té paquistaní conquista sus fosas nasales y flota en la paz luminosa que  irradian las cosas hechas, justo, como a uno le gustan.
Espera a que su amiga tome asiento. Nota en los pies la ligera vibración de la silla que se mueve primero para alejarla de la mesa y después para acercar el cuerpo de Greta al suyo.
–¿Y bien?
–¿Te acuerdas de Jorge, el de Tinder?
–Sí, claro… El que habla como Mufasa…
–Deja de sonreír, arpía, que todavía no te he contado nada…
–Ni falta que hace. Llevas las Ray-Ban y los labios pintados…
–Ya… ¿Y qué tal, me he salido?
–No, están bastante bien… Oye, ¿a qué hora habéis quedado?
–A las 10:45 ¿por? ¿Qué hora es?
–Menos veinticinco… Pero creo que llega pronto.
–¡Mierda! ¿Y qué tal? ¿Cómo es?
Greta se pone de pie, se estira la camiseta, se alisa el mandil y mira un par de segundos a la puerta, se gira hacia Abril y dice:
–Metro ochenta, compacto, pelo castaño más bien largo, moño despeinado, ojos azules, creo. Cazadora vaquera, camiseta blanca, pantalón color canela y botas Timberland.

El tintineo de la campana suena con intensidad. Greta sale al encuentro del cliente y Abril escucha como su “buenos días” va alejándose en dirección a la puerta. Baja y ladea la cabeza ligeramente como hace siempre que quiere captar hasta el menor de los detalles y reconoce esa voz profunda como un abismo que contesta con la misma fórmula y pide una mesa para dos.
La camarera le dice que puede sentarse donde quiera, y parece que sus pasos intensos le llevan hasta la primera mesa delante del ventanal. Pide un café con leche, saca el móvil, toquetea la pantalla y lo deja encima de la mesa de piedra pulida.
La mesa de Abril vibra. La palpa con la mano derecha y enseguida encuentra su teléfono, desliza el dedo por la pantalla para desbloquearlo y presiona con índice, corazón y anular durante dos segundos. Una voz masculina y mecánica dice demasiado alto “WhatsApp de Jorge Tinder”. Abril pone las palmas sobre el móvil con nerviosismo y rapidez. Intenta, sin éxito, silenciar el dispositivo. “Buenos días Ana, al final he llegado antes. Estoy dentro. Te espero con un café, corazón”.
Jorge se gira y mira hacia el fondo de la cafetería. Con los ojos muy abiertos repara de repente en que la luz del sol baña la cabeza pelirroja de una mujer con gafas negras. Sonríe, le hace un gesto con la cabeza, y le pide a Greta que le lleve el café a la otra mesa.
El cuerpo de Abril retumba con cada paso que acorta la distancia entre ellos. De repente  una forma considerable bloquea la luz y le dice:
–Vaya, parece que no soy el único que tiene un problema con la puntualidad… -Abril percibe el nerviosismo en su voz y agradece la sonrisa que se cuela entre sus palabras-. Soy Jorge… Marzo, no Tinder.
–Pues no te lo vas a creer… -Dice ella poniéndose en pie y orientando su cuerpo hacia la sombra-. Ya sé que mentir está feo… Pero mi nombre no es Ana, es Abril.

De repente una pausa eterna.

–Hola Abril…

Ha pronunciado esas dos palabras despacio, demasiado despacio. Y aunque tiene una de las voces más sexys que ha escuchado, ella repasa mentalmente qué es lo que a él no le cuadra porque no cree que no haberle dicho su nombre real a alguien de internet sea para tanto.

El silencio se hace más denso, tanto que por un segundo duda de si Jorge sigue frente a ella. Extiende el brazo ofreciéndole la mano para que él la estreche, y tras un instante infinito percibe el calor una mano grande y fuerte que agarra la suya con seguridad y cuidado. Algo parecido a una corriente eléctrica viaja desde la yema de sus dedos, da una voltereta en su estómago y muere con un espasmo entre sus piernas. Como él no le suelta la mano, ella tampoco lo hace. No le importaría pasar el resto de la cita así, aunque sentada. Él parece leerle el pensamiento, afloja el apretón con suavidad  y le pide que tome asiento.
Jorge se coloca frente a ella y no puede dejar de mirarla en silencio. Con los ojos recorre su pelo cobrizo ondulado como una  hoguera, las pecas de su frente, las cejas; se ve reflejado en sus gafas de sol y cambia el gesto. Sonríe. Abril percibe esa pequeña y rápida expulsión de aire al instante, pero no dice nada. Él sigue deleitándose con el rubor de sus mejillas, con lo rojo de sus labios. Observa su cuello pálido y cómo el jersey verde que lleva puesto deja a la vista unas preciosas clavículas. También observa sus pechos redondos y firmes como dos melocotones y los lunares que adornan su brazo izquierdo.

De repente, explota una carcajada llenándolo todo de nervios y misterio. Abril se asusta e instintivamente gira la cabeza hacia la barra tras la que debería estar Greta.
–Perdón, perdón… -Dice Jorge limpiándose con el dorso de la mano las lágrimas que se le han escapado.
Oye cómo él toma aire y cómo lo suelta en un suspiro. Su mente le dice que se vaya, pero hay una diminuta vela prendida en el fondo de su corazón que desea quedarse.
–No sé cómo explicar esto sin parecer gilipollas... –Dice con su voz de madera mojada.
–Inténtalo…
–Llevo dándole la coña a mis amigos contigo casi desde el primer día que hablamos. Me caíste de puta madre, me enganchó tu sentido del humor, lo guapa que eres, tu voz… Pero no podía soportar tu trabajo.
–¿Cómo? Pero si creo que ni hemos hablado de ello… -se para a pensar y tuerce la boca en un gesto de desconcierto-. Bueno, por curiosidad… ¿Estás en contra del juego, de las apuestas en general o de los cupones en particular?
Una nueva risotada ronca invade toda la cafetería y excita los oídos de Abril.
–No, no es nada de eso… Es sólo que soy muy despistado, que enseguida nos dimos los teléfonos… Y que acabo de descubrir... –Se para.
–¿Te acabas de dar cuenta de que soy ciega? –dice intentando ocultar el miedo al rechazo tras una sonrisa.
–Sí… Y ya te he dicho que no hay manera de decir esto sin parecer gilipollas; pero en Tinder leí “vidente”, no “invidente”… Y estaba jodido porque me negaba a creer alguien tan guay se ganase la vida diciendo que puede ver el futuro… De hecho… Mis colegas te llaman La Pitonisa.
Ahora es Abril la que no puede reprimir la risa. Ni la risa, ni el estupor, ni alguna lágrima nerviosa que ha camuflado con naturalidad.

–Pues en ese sentido podéis estar tranquilos, porque ni futuro, ni presente, ni casi pasado… -Escucha la sonrisa de Jorge y se acaricia incómoda el pelo-. ¿Pero tú eres consciente de que no veo nada?
–Sí, claro -dice con voz de terciopelo-. Pero prefiero mil veces que lleves bastón a que vueles en escoba.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Perder las alas

Hay una mariposa monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se la lleva de allá para acá. Durante todo el día han estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway east 10. Debe de ser la época del año en la que tienen que morir[1]. Me gustaría bajarme del coche y observar la belleza de las que aún viven, luchando con sus frágiles alas por robarle unos metros a su suerte, pero se me encogen las tripas sólo de pensar que una de ellas pueda rozarme. No me gustan las mariposas.

Yo también he emprendido un largo viaje. Desde hace tres días no hago más que conducir. Necesitaba alejarme de las miradas, de la tristeza, de las bocas llenas de palabras vacías. De la compasión fingida de quien no entiende que la mente tarda más en sanar que el cuerpo, mucho más… Lo he dejado todo atrás y he puesto rumbo al ocaso. Mi destino no está marcado en ningún mapa, ningún gps conoce las coordenadas del lugar al que me dirijo, porque no me dirijo a ninguna parte. Sólo pienso, conduzco, escucho música, como lo que me apetece cuando me apetece, duermo cuando lo necesito, bebo mucha agua y, ocasionalmente, doy un sorbo a la botella de Four Roses que duerme en mi mochila. Lloro a veces y me pregunto por qué todo el rato. Pero por fin, arrastrando infinitas horas de pena agarradas a las pestañas, mientras veo cómo cientos de insectos abandonan el mundo porque sí, entiendo que a veces las cosas simplemente suceden y que igual que con las monarcas, no hay culpables de que ya nadie aletee en mi barriga.




[1] SHEPARD, SAM. Crónicas de Motel.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Madera y Asfalto

Mesilla. Rocío Tizón


-500 euros. 500 euros invertidos en que alguien me ayude a cargar con el peso de esta decisión y se dejan la puta mesilla de noche en mitad de la calle –dice mirando por la ventana mientras oye cómo el camión de mudanza gira a la derecha-. 500 pavos.

Saca el móvil del bolsillo rezongando.

-500 putos euros, para esto. Putos mudanceros o como coño se llame a los que te hacen la puta mudanza. Puta mesilla. Puta Ley de Murphy –suspira-. Puto Paco… -dice mientras busca el teléfono de la empresa a la que ha contratado-. Hola, soy María, acabáis de llevaros mi mitad de la casa en el camión y os habéis dejado la mesilla de noche.
Escucha cómo su interlocutor pregunta a su compañero:
-Niño, ¿has cogido una mesita?
-Yo he metido todo lo que había en la acera.
-Todo menos la mesilla –contesta ella alzando levemente la voz-.
-No sé señora, mi compañero dice que ha cargado todo lo que había…
-Ah… vale… Entonces igual esto también es mi imaginación y no estoy viendo la puta mesilla de noche en mitad de la puta calle, recibiendo a los coches a porta gayola.

Silencio al otro lado del teléfono. Risas disimuladas.

-¿Puede llevarla usted a la nueva dirección? –Pregunta el operario-. Ya estamos en el túnel y dar la vuelta va a ser muy difícil…
-Sí, claro, total les pago 500 pavos para que me toque a mi ir en mi puta Vespa con la mesilla de los cojones enganchada a la espalda como si fuese un puto sherpa…

Las risas ya no son tan discretas.

-Perdone señora… Iremos a por ella, pero tardaremos un rato –contesta compasivo-. ¿Le importa que descarguemos y volvamos después?
-Vale. Bajo a quitarla de en medio. -Coge las llaves y cuelga mientras baja las escaleras-.
Acompaña cada peldaño con un pensamiento.

Uno. Todo me pasa a mí.
Dos. Además de cornuda, apaleada.
Tres. Menos mal que Paco no está en casa; sólo faltaba que me viese desquiciada por la mesilla de noche.
Cuatro. Que ni si quiera me gustó cuando la compró.
Cinco. Que realmente me llevo para que la suya se quede viuda.
Seis. Como yo.
Siete. Porque quise matarle por infiel…
Ocho. Puto Paco.

A un par de metros de la puerta del portal, mirando la maldita mesilla a través del cristal ve como una furgoneta la arrolla haciéndola astillas.
Sale corriendo a la calle, coincidiendo con el frenazo tardío de la conductora, que abre la puerta desconcertada.

-¿Estás bien? –Pregunta  desde la acera-.
-Sí, yo sí, pero…
-Tranquila, no pasa nada. Era de mi ex… -grita triunfal-.
Ambas sonríen.
-¿La remato? La furgo es del trabajo… –Comenta cómplice la conductora-.
-Por favor… –contesta María extendiendo la mano derecha y dándole absoluta potestad sobre el amasijo de madera y mentiras.
Se da la vuelta y entra de nuevo en el portal. Escucha crujidos y le parece distinguir un “si es que son todos unos cabrones…”. Sonríe. Más crujidos, Sonríe más, y finalmente distingue el motor alejándose. Saca el móvil,  rellama y saborea las palabras:

-A tomar por culo la mesita de noche. Está perfecta donde está.

jueves, 18 de octubre de 2018

Mis Manos

Mis manos son pequeñas. Bueno, más que pequeñas, son chatas, como nuestro planeta. Con cinco pares de dedos cortitos y cinco pares de uñas chiquititas (o eso dicen, sin excepción, las mujeres que alguna vez me han hecho la manicura). Para mi son normales, supongo que porque llevo viéndomelas 32 años, casi, casi 33.
Me gustan más cuando tengo las uñas pintadas. Creo que la elección del esmalte es una declaración de intenciones más potente, incluso, que la de un lápiz de labios; de la misma manera que elegir no pintarlas nunca puede ser, también, todo un manifiesto.

Las manos.
Mis dedos meñiques empiezan a parecerse a los de mi madre: ligeramente curvados y rotando hacia el exterior. Pienso que las suyas, sus manos, han empezado a virar voluntariamente para conseguir que ponga las palmas hacia arriba y empiece a recibir el fruto de lo que ha sembrado, que es mucho, y todo lo bueno que le llegue, merecido.

Siempre tengo las manos calientes, como mi padre, puede que porque de él haya heredado (entre muchas otras cosas) lo templado de su carácter.

Manos frías, corazón caliente.
"Pues ya sabes, manos calientes...". No me lo han dicho ni una, ni dos, ni diez veces. La gente, que es muy original. Y yo siempre respondo lo mismo: "No, mira, el refranero español es muy sabio, pero eso te lo acabas de sacar tú de la manga. Cuando el cuerpo se siente amenazado por el frío, bombea la sangre hacia lo importante, hacia los órganos vitales, como el corazón, dejando las extremidades a una temperatura inferior porque se impone el instinto de conservación. Manos frías, corazón caliente. Pero si tienes las manos calentitas... Es que tu corazón está de puta madre en tu pecho".

Las manos.
Mis manos son fundamentales en mi vida; de hecho, el tacto se está convirtiendo en el predilecto de mis sentidos.
Es tocar; pero es mucho más que tocar.
Es conocer.
Con las manos conocí por primera vez a mi hija, cuando ella estaba en una incubadora y yo sólo podía meter las manos para contener ese pequeño cuerpo que llegó al mundo demasiado pronto.
Es abrazar.
Porque, a veces, para rodear lo que más quieres en el mundo no necesitas más que las palmas.
Es transmitir.
Amor, odio, miedo, rabia, tristeza, alegría... Las manos tienden puentes o levantan muros.

Las manos me han servido para sacar lo mejor y lo peor de mi.
Escribo con las manos, con las manos hago cosquillitas a mi niña cada noche antes de que se duerma... precisamente para que se quede dormida; acaricio el pelo y la barba de mi chico con las manos, y con las manos impulso a mi hermana cuando está sentada y le presto mis manos, mis brazos, mis hombros y todo mi ser cuando está de pie.
Con las manos calmo nervios, enjugo lágrimas, recorro sonrisas y marco el tempo de mis enfados.

Mis manos son, a día de hoy, tres cuartas partes de mi mundo...
¿Y el resto?
Tierra y agua.

viernes, 27 de abril de 2018

No es un abuso, es una violación

Estoy hasta la polla. Esa polla que no tengo y cuya ausencia me penaliza la vida.¿No os creíais que las mujeres somos ciudadanos de segunda? Pues un tribunal os lo ha dejado bien clarito: somos cuerpos de los que se puede abusar.
Cuerpos.
Como si no hubiese entrañas, cerebro o sentimientos dentro.

Somos agujeros, orificios que se pueden rellenar de pene si estás paralizada por el miedo.
O si elijes entre "que te violen" o "que te peguen una paliza y te violen".
Porque si te pegan una paliza, te violan y además te matan... Igual les condenan a muchos años, pero tú no te vas a enterar, porque estás muerta.

Por lo visto, que cinco hombres más mayores, más grandes y más fuertes que tú te metan en un portal y hagan contigo lo que les de la puta gana no es violento ni intimidatorio.
Es verdad. No lo es.
Cuando tienes cinco cerdos encima disfrutando de tu sufrimiento no te sientes violentada ni intimidada. Estás cagada de miedo. Estás muerta de miedo.
Temes por tu vida, por tu cuerpo, cierras los ojos y repites una y otra vez "que pase ya", "que terminen", "que se vayan".
Porque sabes que hasta que no se corran, van a seguir ahí. Tocándote con sus pezuñas, acercando sus hocicos a tu piel. Gruñendo y metiéndote lo que quieran por donde quieran. Y grabándolo.
Animales con móviles; la versión actualizada de Orwell.
Como si no tuvieran suficiente con profanarte y tuvieran que verse empujando.

No es violento. Es brutal.
No es intimidatorio. Es aterrador.

No es un abuso. Es una violación.

#noesno #yositecreo #yotecreohermana

jueves, 2 de febrero de 2017

Si al hablar no has de agradar...

Qué hasta los cojones estoy de los artículos sobre maternidad.

En realidad no me molestan en sí mismos; me molesta la cantidad de intolerancia que sacan a flote.

Tienes un hijo e intentas ponerle palabras a muchos sentimientos, y cuando colocas el punto final a tu experiencia, aparece el Escuadrón de Madres Absolutistas que tienen cien anotaciones y doscientos comentarios sobre lo quesientes como madre.

Qué hasta los cojones estoy de que cualquiera se meta a valorar si duele más o menos el parto o la recuperacion de la cesárea, si das el pecho, si no lo das, si el bebé duerme en tu cama o si la edad a la que ha estrenado su propia habitación es, o no, la adecuada. Si sólo un abrigo es suficiente; si tus purés son merecedores de estrella Michelin, o si le das potitos; si le sacas y hace demasiado frío o demasiado calor, o si no le sacas y la criatura necesita que le dé el aire...

Tengo un mensaje para vosotras, talibanes de la crianza:
Dejadnos en paz de una puta vez.

Todos hacemos lo que pensamos que es mejor para nuestros hijos, y tomamos las decisiones que creemos más convenientes para su salud, su felicidad y nuestra forma de pensar y sentir.

¿La maternidad es bonita? Lo es.
¿La maternidad es dura? También.
Pero no es ni sólo eso, ni ambas cosas todo el tiempo.
Igual es justo lo que esperabas, que bien.
O quizá pensabas que no iba a ser tan complicado.
O no te parece tan difícil.
Fenomenal en los tres casos.
Si no sabías qué esperar... Lo habrás descubierto, lo estarás descubriendo, o lo descubrirás. Y fenomenal también.

Cada mujer es de una forma. Igual que cada padre y que cada niño.
Lo que en mi casa es un drama, en la tuya puede ser una fiesta y viceversa.
Tú le puedes dar importancia a cosas que para mi son triviales y al revés.
¿Y qué?
¿Eso hace que tú quieras más a tus hijos que yo? ¿O me hace mejor madre a mi?
POR SUPUESTO QUE NO.

Tú haces lo que puedes. Igual que yo.
Yo tengo mi opinión sobre parto vs. cesárea, que está fundamentada en lo que yo viví y las experiencias de mi entorno. Y, sinceramente, que de tu cuerpo nazca una vida me parece lo suficientemente flipante como para luchar por colocarte, también, la medalla a la que peor lo pasó.
Porque a cada una nos duele algo.

También tengo clara mi posición sobre la lactancia materna. Y sobre el colecho. Sobre qué darle de comer, cuánto abrigar, con qué jugar, qué canciones cantar y qué cuentos contar. Todo, como digo, basado en lo que yo he vivido, lo que me han recomendado y lo que yo creo que es mejor para mi hija.
Si tus opiniones sobre cualquiera de estos temas no coinciden con las mías, me da exactamente igual. No porque no te de importancia, sino por todo lo contrario, porque a mi no me tiene que molestar que a vosotros os funcione mejor otra cosa.
Ahí está la diferencia.
Yo creo que, lo hagas todo igual, o todo diferente, lo haces porque tú crees que es lo mejor para ti y para tu hijo.

Es maravilloso que cada cual cuente sus cosas. Que se establezcan conversaciones o debates sobre cualquier tema. Pero hay un abismo entre dialogar, y criticar a todo el que no piense o sienta como tú.

Os voy a decir algo más:
Estoy 100% segura de que vuestros hijos lloran más o menos que los de las personas a las que criticáis. Que comen mejor o peor que ellos. Que duermen más o menos.
No quiero decir que son más o menos parecidos. No.
Quiero decir que vuestros hijos, Madres Absolutistas, lloran más o lloran menos que mi hija. Que son más independientes, o menos independientes que ella... Y si nuestros hijos tienen sus diferencias, y está clarísimo que nosotras también... ¿Por qué meterte a valorar situaciones que no conoces... cuando, además, nadie te lo ha pedido?

En mi opinión, ser madre no es lo que da sentido a la vida de una mujer, pero ha cambiado el de la mía.
Es bonito, dulce, trascendente... pero también duro de cojones, sacrificado y agotador.
Además es algo inevitable, irreversible: una vez que eres madre, no dejas de serlo.

Si estás súper cansada, has tenido un día horrible, no puedes ni con tu alma y en vez de poder tirarte en el sofá y ver una serie amorrada a una botella de vino, tienes que calmar y consolar a esa criatura que parece que se ha tragado una bocina, bañar, preparar cena y dar de cenar. Lidiar con que justo justo justo esa noche sea la que no le apetezca dormirse pronto... te jodes.
Te jodes porque ni tú, ni tu bebé, tenéis un botón de apagado.
No puedes ir en el metro y decir: uf, estoy pa chopped, me desconecto de la maternidad y ya mañana, o pasado, con energías renovadas, vuelvo a cambiar pañales, buscar chupetes, cantar canciones, preparar desayunos, comidas, meriendas y cenas, acurrucar, jugar, poner límites, abrazar y besar a mi cachorro.

Michael Nichols

No. Te jodes.
Y nadie debería quitarte tu derecho al pataleo, de la misma manera que nadie debería impedirte que demuestres tu amor.
Como en las parejas, en el trabajo, con la familia, los amigos o los desconocidos.

Si un día, o varios, estás hasta los ovarios de tu marido (o hasta los huevos de tu mujer), de tus padres, tus hermanos, tus tíos, tus primos, de la vecina, de tu mejor amigo o del autobusero cabrón que nunca te da los buenos días, te cagas en ellos y en todo su linaje.
O si, por el contrario, te sientes congraciada con el mundo y has conseguido restablecer tu fe en el ser humano, lo gritas a los cuatro vientos con los ojos en forma de corazón.

¿Te imaginas contarle a alguien algo sobre tu trabajo, tu jefe, tu pareja o tu familia y que, de repente, una horda de desconocidos criticasen tus relaciones?
Pues eso es lo que está pasando con la maternidad.

Buscad un poquito de empatía, respeto, educación y cariño en vuestros corazoncitos y dejadnos en paz de una puta vez, que ya lo dijo Tambor.



miércoles, 6 de abril de 2016

Tres

Es difícil pasear de nuevo por aquí como si nada.

Leyendo la entrada anterior (de hace más de un año), pienso en esas cosas que parece que dicen algo, pero en realidad, no tienen nada que ver.
No, cuando escribí El miedo prueba que existe el valor no hablaba del embarazo.
Ni si quiera sabía todavía que estaba embarazada. Pero estas cosas pasan muy a menudo (lo de quedarse embarazada no; bueno, también, pero me refiero a leer o escuchar algo que cuadra con distintas realidades), al final, siempre creemos que todas las canciones hablan de nosotros.

Es difícil pasear de nuevo por aquí como si nada porque las cosas han cambiado y yo ya no soy la misma. Tampoco soy otra, pero soy diferente; aunque en lo esencial me siento igual.

Es difícil pasear de nuevo por aquí como si nada porque nunca escribí sobre mi embarazo; posiblemente porque unas veces temía no estar a la altura de lo que se esperaba que dijera; y otras, casi todas, porque cada visita al ogro de mi ginecólogo era terriblemente agridulce.
Me encontraba bien, pero una vez al mes me enfrentaba a una situación difícil de la que salía diciendo "No quiero que sea bueno, quiero que me trate bien. O por lo menos, que no me haga llorar". Hasta que eso dejó de importar.

Cuando las cosas son sencillas y todo va como se espera, necesitas comprensión.
Cuando las cosas son difíciles y todo se complica, necesitas eficiencia y eficacia. Hacer lo que hay que hacer, y hacerlo de la mejor manera posible, así que mi médico me derivó a la Unidad de Embarazos de Alto Riesgo del Clínico, donde conocía a alguien con quien se preocupó de hablar de mi y que incluso me llamó por teléfono (al final fue un ogro bueno); pero nunca llegué a saber si este nuevo médico se enteró de mi paso por allí, puesto que cuando fui a mi primera consulta, él estaba de vacaciones, y en menos de dos semanas ya tenía a mi niña en brazos.
En cualquier caso, sólo puedo agradecer a todo el mundo que me atendió el buen trato recibido. Incluso a la gine que pensaba al principio que lo de mis tensiones era emocional y que acabó siendo una de las asistentes a mi cesárea. Si hubiésemos vendido entradas, Candela tendría pagada hasta la universidad.

Toxoplasmosis, CIR, preeclampsia, Síndrome de Hellp, "hay que hacerlo ya porque no sólo corre peligro la vida del bebé, también la suya...".
Hacer como que no tienes miedo, bajar al quirófano, hablar con el Jefe de Neonatología, y esperar al anestesista.
Las puertas abriéndose y cerrándose, David al otro lado mirándome, y yo sentada, asustada pero con la sensación latente de que todo iba a ir bien. Como si no hubiese otra posibilidad.

De lo que pasó dentro del quirófano, como es natural, sólo recuerdo el principio y el pofundo amor y admiración que sentí por el anestesista cuando regañó a las enfermeras por intentar sondarme estando todavía despierta. Hijas de puta. Lo juro, en vez de bata yo le veía con una capa de superhéroe, y estoy convencida de que reconocería su voz entre un millón.
Después... recuerdo despertarme llorando, imagino que por la tensión acumulada y ver a mi familia en la distancia.

Es difícil pasear por aquí como si nada porque después de todos los sustos, de todo lo que fue mal... nació una niña pequeñita y perfecta que luchó durante un mes por venirse a casa con nosotros cuanto antes.

Es imposible pasear por aquí como si nada porque nunca conseguiré explicar lo que sentí la primera vez que la tuve en brazos.
El vacío.
La nada.
Como si no importase lo que sucedía a nuestro alrededor; como si en este mundo sólo estuviésemos los tres.



jueves, 5 de febrero de 2015

El miedo prueba que existe el valor

A veces, cuando acaba el día, pienso que no ha habido nada distinto al anterior.
Rutina lo llaman.
Y no me parece mal (bueno, a veces sí, pero no siempre).
En muchas ocasiones es bueno estar justo en el punto en que se está.
A veces los días son aburridos, otras, divertidos, algunos agobiantes y unos cuantos estupendos. Pero todo siguen una carencia, un ritmo, un mismo comienzo y un mismo fin.

No obstante, hay momentos que los cambian por completo. Que pueden hacer que de la tranquilidad inicial pases a un dulce estado de excitación.

Sales de la zona de confort como si tuvieses una venda en los ojos y una diana en el pecho.

Y aunque hayas dado mil vueltas a un asunto, y no hayas notado ninguna alteración; cuando llega el momento definitivo, cuando sabes que no hay vuelta atrás, entonces, empiezan los nervios.
Noches sin dormir.
Espera.
Mariposas en el estómago.

¿Traerán buenas noticias las próximas lunas?


miércoles, 14 de enero de 2015

¡Bendito cartero y benditos vosotros!

Tengo cosas que decir; pero no quiero empezar el año sin cerrar alguna etapa anterior.
Ya sé que normalmente estos balances se hacen a 31 de diciembre, o antes, pero siempre he sido más emocional que racional.

Si hace unos meses escribí aquí mi Lista de Deseos, es justo que, en el mismo lugar, agradezca a los que los han cumplido.

Por primera vez en la historia, no voy a seguir del todo un orden cronológico. Y me sorprende hasta a mi.



Puntual, como no podía ser de otra manera, apareció una ranita de ojos enormes en mi buzón, y unas palabras que dicen mucho de la persona que las escribe: "si algo tan fácil te hace feliz, ¿cómo no cumplirlo?".
Gracias a una gran amiga por ser una incondicional.

También quiso complacerme alguien que sé que no sólo me piensa cuando toca, porque me demuestra muchas veces que se acuerda de momentos que hemos vivido juntas. Y la adoro por ello.
No sé si se lo agradezco todo lo que debería, porque soy muy desmemoriada y ella, tremendamente disciplinada. Gracias por compartir tus vistas y todo lo demás.

Desde fuera de nuestras fronteras llegó una estampa romana. Y como a mi me encanta comprar postales cuando viajo, me encanta recibirlas... Y más de personas que te sorprenden; con las que no tienes tanto contacto como antes, pero que cuando las ves, sientes que nada ha cambiado. Gracias.

Y desde London con amor llegó primero la foto que atestigüaba que la postal había sido enviada, y después, la prueba de dos cosas: que mi intuición no falla, y que no podría estar más feliz por una de mis imprescindibles.
Que la quiero con locura y que su presencia es, como digo, indiscutible en mi vida ya lo sabe. Y que cada vez soy más fan de su chico, también. Me encanta que dos personas tan maravillosas se hayan encontrado. Gracias por lo buenos que sois y lo buena que me hacéis.

Hace unos días el cartero también paró en mi portal.
No era una felicitación por mi cumpleaños, pero poco importa, porque tampoco era una tarjeta navideña al uso. (Y porque como sabéis, me encanta recibir cartas).
¿Estaba llena de buenos deseos? Sí. Pero más de palabras bonitas y de amor. Mucho amor. Como todo lo que sale de uno de los mejores corazones que conozco. Gracias. Es mentira que las líneas paralelas no se junten nunca. Nosotras nos abrazamos un montón.

Aunque en este punto hayamos avanzado en tiempo y espacio, me permito poner mi DeLorean en punto muerto y volver al instante en el que empezó mi cumpleaños, las primeras felicitaciones y una tarjeta grande, enorme y preciosa que hizo que se me inundasen los ojos encima de la cama.

Gracias por hacerme reír, llorar y cantar con tus palabras. Como siempre.
A pesar de que yo soy más desastre de lo que debería y tú más mandón de lo necesario, al final las cosas funcionan. Y los enfados, casi siempre, acaban en esa risa que se nos escapa.
Gracias también por ese "las veces que haga falta". A lo mejor no lo sabes, pero puede que sea la declaración más bonita que me hayan hecho nunca.

Cada uno de vosotros me habéis hecho inmensamente feliz.
Gracias, gracias, gracias.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Tengo bigote

Las mujeres somos, en general, muy de hablar.
Eso a veces es un inconveniente. Pero otras es una gran ventaja.

Es bueno cuando nos ayuda a expresar lo que sentimos.
Cuando hace que compartamos nuestras alegrías, inquietudes y preocupaciones.
Sabemos que en muchos casos, la persona con la que nos desahogamos no tiene la solución a nuestros problemas, y es posible que, aunque la tenga, no sea eso lo que buscamos.
"¿Entonces, para qué se lo contáis?" -preguntaréis vosotros, atolondrados machos, decididos dar respuesta a nuestras preguntas-.

PARA LIBERARNOS.

Conversar aligera el peso del mundo, creednos, lo sabemos.
Crea lazos. Estrecha vínculos.
Deberíais probarlo.

Y esa es mi propuesta.

Porque nosotras hablamos mucho y de todo. O de casi todo.
Y eso nos sirve para estar más unidas, para solidarizarnos más, para entendernos mejor.
Nos contamos cuándo nos mira un chulazo, cuando hemos tenido un día horrible en el trabajo y cuando estamos preocupadas porque nos tenemos que hacer una prueba médica.

Y nos apoyamos.
Y nos comprendemos.

Y a vosotros también os miran pibones, también pasáis días de mierda y también tenéis que ir al médico.
Y vosotros, por desgracia, también padecéis cánceres específicos de vuestro género.

Este año, he decidido unirme a la fundación no gubernamental Movember, que promueve que durante el mes de Noviembre, los hombres se dejen crecer bigote como símbolo de apoyo en la lucha contra el cáncer de próstata y de testículos; y sean, a la vez, anuncio, ejemplo y tema de conversación.

Sí, soy absolutamente fan de la barba, pero una causa tan noble, bien vale que este mes mi corazón esté con los bigotudos.



Se trata de concienciar a la población, de hablar de lo importante que es la salud masculina, de que los hombres sientan que no están solos, de recaudar fondos para financiar los programas en la lucha contra estas enfermedades...
Para todo esto, yo he creado mi propio equipo Movember al que os podéis unir para saber más y participar.


Pasad sin llamar, estáis invitados: Movember/Mo Sista_CarlaRojo

La página oficial es esta: Movember
Si os mola lo que véis, en la parte superior derecha hay un espacio en blanco para buscar.
Para colaborar conmigo podéis escribir dos cosas:

- Carla Rojo (soy la "capitana" de mi equipo)
- Bigoters (es el nombre de mi grupo)

¡O cread vuestro propio equipo!

¡Uníos a la causa, vosotros leedlo todo, concienciad, bigotead, donad!
¡Vosotras participad, corred la voz, haced una donación apoyad a los hombres de vuestra vida!




Mil millones de gracias :)

miércoles, 29 de octubre de 2014

Wishlist

Queda exactamente una semana para mi cumpleaños.
Y no os aviso para que me felicitéis. De eso ya se encargará Facebook.
Lo pongo por escrito porque estos días hay una pregunta recurrente entre personas de mi entorno... "¿Qué quieres que te regale?..."

Pues bien, lo he pensado.
En realidad es algo que siempre me ha gustado, que siempre he querido, que cuando era más pequeña tenía y que quiero recuperar.

Quiero recibir cartas.
También postales.

Ya está.
Así de simple y así de complicado.






lunes, 13 de octubre de 2014

My sis, my love

Hace un tiempo estaba hablando con un amigo y me preguntó algo que no me había cuestionado antes: ¿Cómo es tener una hermana?

Me paré un segundo y lo primero que me salió fue “es como tener una amiga, a la que quieres con la misma intensidad que a tus padres”.
Parece que él se quedó tranquilo, pero yo no.
Me pareció una pregunta tremendamente complicada para una respuesta tan simple. Y desde entonces llevo dándole vueltas al asunto. Porque sí, es eso. Pero no, no es sólo eso.

Mi hermana ha sido mi primera referencia de prácticamente todo.
La única cara conocida en el colegio el primer día de clase y el babi al que me agarré en ese mismo instante, aunque por mucho que lo intentásemos, la profesora no me dejase quedarme en su clase.

Ha sido mi primera pelea y mi primera defensora.

¿Cómo es?
Es tener a alguien con quien compartir lo bueno, a quien pedir consejo en lo malo.
Es a quien tienes que mirar cuando tus padres te regañan, porque si no tienes razón, te dice que te relajes con los ojos, y si la tienes, te mira en plan “estoy contigo, tú ni caso”.

Es la primera persona con la que te entiendes sólo con una mirada, y eso es mágico.

Es la primera persona a la que espías. Con la que urdes planes de cualquier tipo, con quien tiendes tus primeras emboscadas y la primera con la que compartes el botín.

Es quien vigila que no te pille tu madre mientras repartes tu puré en el resto de platos de la mesa; y a quien se lo echas cuando es ella la que no mira.

Es tu primera compañera de habitación, de viaje; es con quien tienes secretos que nadie sabe ni se imagina, como en Roma.

Es con quien ves la misma película una y mil veces… Hasta que os sabéis los diálogos, las canciones, el vestuario…

Es quien te despierta de madrugada para contarte que se ha encontrado con el chico que le gusta.
Es la primera de la familia en enterarse de que te gusta un chico o de que estás saliendo con alguien.

Es con quien te pegabas por las chucherías y con quien ahora las compartes encantada cuando tienes alguna en el bolso.

¿Cómo es tener una hermana?
Es puro contraste. Es sobre todo, y ante todo amor. Pero también guerra. Por eso nosotras, y solo nosotras podemos meternos la una con la otra, y un segundo después, defendernos como leonas de cualquier ataque externo.

No tengo las palabras exactas para definir cómo es tener una hermana.

Sólo sé que soy tremendamente afortunada de tenerte a ti como hermana.


jueves, 3 de julio de 2014

Efecto Mariposa

Me encantan las teoría que lo relacionan todo.
A la humanidad entera a través de seis grados de separación.
Lo que sucede en Hong Kong o Nueva York hilvanado por las alas de una mariposa...
O esas historias escritas en libros que no tienen nada que ver, pero que, no sabes cómo, van a acabar juntas y revueltas.

Un día cualquiera empecé a escribir un post, un poco triste, sobre las muchas y altas expectativas que había tenido laboralmente, y el impacto que supuso la cruda, crudísima realidad.
Casi tanto como el Juicio por combate entre el Príncipe Oberyn y La Montaña.

Y sobre las ganas que tenía de volver a la radio.

Hace unas semanas, mi madre extravió su teléfono, y cuando lo daba por perdido...

Volví a las ondas

Gracias, Adriana Mourelos y a todo el equipo de mi Hablar.

lunes, 30 de junio de 2014

Gestos que cambian el mundo

Hace un tiempo hablaba de la bondad de  acariciar a un extraño. Sigo convencida de que tocamos tanto nuestros teléfonos, que se nos está olvidando el tacto de los demás.

También leí hace poco un artículo sobre por qué los rusos no sonríen (o más bien por qué son más selectivos con este gesto). Por no dejar a nadie con la duda, resumo que es porque allí, la sonrisa no tiene connotaciones sociales, ni se regala. O eso decían.

Pues bien, últimamente sonrío más.
No es que tenga nada en contra de Rusia.
Es que me ha dado por ahí.
Es bonito y no sólo alegra a quien la recibe, sino que te va sumando puntos a ti también.
Y lo que beneficia a todas las partes implicadas me parece, por definición, bueno.

A mi me gusta tanto que me sonrían, que alguna vez ha llegado a cambiarme el día un desconocido risueño.

Así que sólo les pido un favor... Miren a las personas a los ojos... ¡Y sonrían!


miércoles, 7 de mayo de 2014

Me importas tú...

Tengo personas favoritas, y eso no es ningún secreto.
Soy muy de hacerme fan de gente, muy yonki de lo que me gusta; y a veces me da la sensación de que cada día mojo a una groupie en el café y me la desayuno.

Y me refiero a profanos.

Soy admiradora incondicional de gente que de una u otra manera ha pasado por mi vida y me ha transmitido cosas.

Es muy posible que hable con ellos casi a diario. O que haga años que no les veo.
Soy tan incondicional como inconstante a ojos inexpertos.
Pero quien sabe mirarme... ¡Oh, quien conoce mis dos claves y media no duda que tengo nombres en los labios para casi cada escenario!

Soy una persona de afectos casi fijos. Y nostálgicos. Si te he querido en el pasado, a no ser que me jodas, es raro que no te siga queriendo.
Por eso me llevo también grandes decepciones, porque para mí el tiempo es del todo relativo y no se me pasan los amores. Sé que a mucha gente sí.
Lo acepto, aunque no lo entienda.

Pero he de confesaros una cosa: Si estáis aquí, si de vez en cuando os pasáis por aquí y me leéis... Me gustáis.




miércoles, 23 de abril de 2014

Espera(me)

Hay gente que está en un permanente estado de espera.
Muchos.
Me atrevería a decir que todos.

A veces la espera es activa, despierta, voraz.
Otras está acunada en un hombro; escondida de la vista pero dispuesta a despertar y ponerse de puntillas, y susurrarte: YA.
O enredada en las pestañas... Oculta, pero preparada para descolgarse ante tus ojos y mirarte fijamente.

Hay gente que, incluso cuando cree que ya no espera, se sorprende aguantando. Y aguardando.
Porque esperar es acechar, quedarse, permanecer. Pero también es aspirar, creer, confiar...
Y eso, no puede ser casualidad.


sábado, 12 de abril de 2014

Respiro casi tranquila.
Aspiro el momento, hinchando el pecho y llenando mis ojos de aire.

Alguien que no eres tú ha dicho las palabras mágicas.
La fórmula secreta.

Alguien que no eres tú y que no conoce mis debilidades... y por tanto, no sabe que ha pellizcado mi talón de Aquiles.

Y aunque se me ha movido algo dentro, nadie lo sabe. Sólo yo.
Y no tengo que pensar si ha habido intencionalidad en su discurso.

La vida, a veces, es más fácil. Y sólo somos nosotros los que nos empeñamos en viciarla.

Y he temblado un poco, y te he pensado. No mucho.
Sólo un momento, porque ya ni me acordaba de cómo sonabas al pronunciarla.
Y hasta me ha hecho ilusión. No acordarme de ti, sino lo poco, cuantitativamente hablando, que te he recordado.
Bueno, escucharte en mis oídos también, pero es algo que no te diré jamás.

Y lo que me sigue sorprendiendo es la capacidad que tenemos para re-sentir, para re-descubrir; para que un detalle despierte algo que estaba dormido, un recuerdo olvidado.

Creo que esto es lo que yo entiendo de lo que decía Shakespeare "We are such stuff as dreams are made on, and our little life is rounded with a sleep".

O algo así.

miércoles, 9 de abril de 2014

Un bombón que sopla una tarta

Hay fechas que son personas, y el 9 de abril es Teresa.

Teresa es música, así en general, porque no es sólo un estilo. No es un cantante, un grupo o una sóla emisora de radio.
Es Freddie Mercury, Alt-J, Muse, Florence and the Machine, Sergio Dalma, Metronomy, Máxima FM...
Es la rabia y el humor escritos en una entrada de un concierto de Supersubmarina metida en el cajón de una cafetería de Malasaña.
Es un giro dramático en un bar diciéndole a alguien que la canción que suena es Crystalised de The XX.

Teresa es detallismo, pero detallismo ilustrado.
Esa clase de personas que se acuerda de ti, y te lo demuestra: con cositas pequeñas (que a mi me enamoran el alma) y con cosas grandes (está siempre, de una u otra forma, a tu lado o en la sombra, dándote espacio, pero siempre presente).

Teresa es un mapa, porque es extremadamente sencilla si sabes leerla, y tan compleja como un viaje.
Es una excelente compañera de travesía (en todos los sentidos), alguien con quien es fácil visitar los destinos a los que quieres ir, y que comparte contigo las rutas que quiere descubrir. Quid pro quo buenrollístico.

Es una hamburguesa Tom y Mel's, unas piezas de sushi, unas fajitas de La Herradura o un bacalao regado con Muralhas en Aveiro.

Es una tónica, un Spritz, un Amaretto Sour, un gin tonic de una marca que el mejor barman del mundo no conoce... o agua; limpia y cristalina. Como ella.

Es una camiseta del Madrid, unas zapatillas de correr, un vestido vaporoso o un abrigo de peluche guepardero.

Pertenece a ese selecto club de personas que pueden abrir nuestra nevera con impunidad, y al exclusivo, exclusivísimo, que tiene zapatillas de andar por casa propias en mi armario.

Siendo tantas cosas, es además, una gran amiga. Y por eso, mis 9 de abril son de Teresita.

¡Muchas felicidades, requetepreciosa (a la vista está), nunca nos cansaremos de desearte de lo bueno, lo mejor!

martes, 18 de marzo de 2014

Siempre la luna


La luna me vuelve loca.
No quiero decir que experimente extrañas reacciones bajo su influjo.
Ni que sea una lunática.
Bueno, tal vez sí... Por muchos motivos, y casi todos sanos.

Podría decir que no sé qué es lo que me atrae tanto de ella. Pero mentiría.

Me maravilla cuando sale, lo grande y luminosa que se ve al alzarse sólo un poco sobre el horizonte.
Y me atrapa como enganchan las series; como las galletitas saladas; como los aromas que te transportan sin mover ni un milímetro los pies.

Pero lo que de verdad me embruja, me sorprende y me conmueve es que nos une y nos iguala.
Que la misma luna que yo veo en el cielo sea la que ven en Barcelona, India o Budapest al levantar la vista me parece, sencillamente, espectacular.

Que a cientos, o miles, de kilómetros tú y yo miremos al cielo y veamos lo mismo es una puta maravilla.